Mateo 28, 16-20

En aquel tiempo los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Cuando vieron a Jesús, se postraron ante él, aunque algunos todavía dudaban. Jesús se acercó y les habló así: Me ha sido dada toda autoridad en el Cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos. Bautícenlos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enséñenles a cumplir todo lo que yo les he encomendado a ustedes. Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia.

Para orar, meditar y vivir

Se postraron ante Él

Para el evangelista San Mateo, Jesús es el Señor, pero también es el Maestro. Como Maestro Jesús enseña y lo hace fundamentalmente desde el monte; es decir, su enseñanza es desde lo alto, aspecto geográfico, pero sobre todo existencial. Jesús, el Maestro, quiere nivelar a sus discípulos por lo alto, la meta que Él pone a sus discípulos es: “Sean santos como mi Padre celestial es Santo” (Mt 5,48). Él no es un maestro más o el maestro de una verdad, Él es el Maestro de la Verdad y la Verdad definitiva que anuncia es el Reino de Dios que ha llegado a su pueblo. “Yo soy la Verdad” (Jn 14,6).

Desde el principio de su evangelio el escritor sagrado nos dice que Jesús es el Emmanuel, el Dios con nosotros, el Dios cercano bondadoso y misericordioso. ¿Cuál de las naciones tiene un Dios tan cercano como lo esta Yaveh de nosotros siempre que lo invocamos? (Dt 4, 7). Desde el primer capítulo hasta el último, San Mateo, nos garantiza la presencia constante de Dios en medio de su pueblo. El evangelio de hoy comienza con una invitación que los discípulos cumplen, dice: “vayan a Galilea.” Decir Galilea es mencionar una región donde se comienza y se termina. En Galilea comenzó Jesús su ministerio público y allí son convocados sus discípulos por última vez, para manifestarles una vez más su poder y para enviarlos a ser sus testigos en los confines del mundo. El mandato es: “vayan y hagan discípulos a todos los pueblo y bautícenlos en Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.”

El Cristo glorioso ejerce su poder tanto en el cielo como en la tierra, su poder es sin límites, poder que ha recibido de su Padre, porque Él no se anuncia a sí mismo. El ha venido del Padre y al Padre ha vuelto. Él está sentado a la derecha del Padre, pero también está con nosotros desde siempre y para siempre. Jesús, el Señor, el Maestro, es el modelo de la creación. En su revelación, en su actuar, en su ministerio público, en su ser, en sus palabras, Jesús, el Señor, no hace otra cosa más que manifestar al Padre. “El Padre y yo somos uno.” “Como el Padre me ha amado así los he amado yo.”

Celebrar el misterio de la Santísima trinidad no es otra cosa más que celebrar el amor y la comunión eterna del Padre y del Hijo, comunión de amor que se da en el Espíritu Santo. La trinidad no es un ente filosófico. La trinidad no se hace comprensible simplemente a la luz de la razón. El misterio de la trinidad sólo se asume desde la fe y se vive desde el amor. Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, es comunión de amor, es unidad en la diversidad.

El misterio trinitario no es para embotellarlo en un cumulo de definiciones racionales, metafísicas y filosóficas. El misterio de Dios uno y trino es para vivirlo y asumirlo en el misterio de la unidad comunitaria. Diversidad en la unidad y unidad en la diversidad. No perdamos de vista nuestra cultura trinitaria. Desde niños aprendimos a decir: Gloria al padre y al Hijo y al Espíritu Santo. La trinidad es Dios mismo que se da en la historia de Salvación creando, redimiendo y santificando. El Padre nos crea, el Hijo nos redime y el Espíritu Santo nos santifica.

Dios es omnipresente, omnipotente, omnisciente; es decir, Dios es presencia activa, difusiva y continua. Dios es poder y su poder es infinito, en los confines del cielo y de la tierra y Dios es la ciencia misma que nos hace comprender su misterio de amor. Por eso, tenemos que decir con toda certeza: sin Dios es imposible que la sociedad sea realmente Reino de Dios. Sin Dios es imposible vivir como ciudadanos del Reino. En Dios estamos llamados a ser plenamente personas y somos realmente personas cuando recibimos esa plenitud de Dios. En Dios todos somos llamados a la santidad y para ello somos consagrados a Él. La santidad dice el Papa Francisco “es el rostro más bello de la Iglesia.”

Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es ante este Dios Padre que se hace visible en el Hijo y que nos santifica en el Espíritu Santo, ante quien nos postramos para adorarle. A Él todo honor y toda gloria, por lo siglos de lo siglos. Es Dios, uno y trino, quien nos convoca a la Santa Misa; la eucaristía la comenzamos en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. En este mismo Dios celebramos toda la liturgia y ante Él vivimos, nos movemos y existimos.

Como a los discípulos, a nosotros hoy, Dios nos convoca a la montaña santa de la liturgia para que vengamos a adorarlo y a escuchar su mandato: “vayan al mundo entero y hagan discípulos y conságrenlos en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.” Queridos padres de familia, por favor, no se les olvide bendecir a sus hijos. Queridos jóvenes, no les de pena pedir la bendición a sus padres.

Hermanos, seamos humildes, postrémonos ante Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo y adorémosle, no permitamos que las circunstancias y los afanes del mundo nos hagan dudar. Tengamos presente la promesa final del evangelio, ella es garantía de la fidelidad eterna de Dios: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de la historia.” Vivamos dichosos, alegres, seamos fiesteros en la gracia, somos la heredad de Dios, escuchemos nuevamente las palabras del salmo: “dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.” No se nos olvide: somos propiedad de Dios y no a la inversa, Dios no es propiedad de nadie, Él es universal y desde su universalidad, nosotros hemos de serlo también para que seamos en verdad imagen y semejanza de su ser.

Es en la intimidad con Dios uno y trino, ante el cual nosotros hoy, igual que los discípulos en Galilea, debemos postrarnos para adorarlo. Es delante de Dios, uno y trino, ante quien debemos hacer silencio con actitud orante en nuestros templos y capillas, pero también en nuestra vida cotidiana. Dice San Agustín: “Sólo en la contemplación llegamos plenamente a la Verdad.” Hermanos, no queramos explicar y entender a Dios meramente a través de la razón, será imposible, porque Él es infinito. A Dios llegamos, lo aceptamos y lo vivimos sólo en la quietud, soledad y silencio contemplativo y en actitud orante.

Tres palabras claves para acercarnos al misterio de Dios uno y trino: Silencio, adoración, formación.

 

Tarea:

 

Repitamos la oración: Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.

 

 

 

 

 

 

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